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El fuego y enojo de la marea morada

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Avanzaban rápido por los costados de la marcha.

Una de ellas fue agredida por un hombre que huyó hacia la Alameda. Era un grupo pequeño, de cinco jóvenes vestidas de negro y encapuchadas, pero… suficiente para cuidarse.

Poco a poco se les unían más mujeres, con martillos, palos y teasers. Al llegar a Bellas Artes, vencieron las vallas metálicas y rompieron todo, mientras las que marchaban frente a ellas las alentaban.

Para ese momento, ya eran más de 15 jóvenes encapuchadas.

Al sonido de la caída de un placa metálica, le seguían gritos: «¡Fuimos todas!», y de vez en vez lo acompañaban con «¡No se va a caer, lo vamos a tirar!».

Para todas, tirar las vallas era la representación de tirar al patriarcado. Cada vidrio roto fue celebrado y el fuego aplaudido.

La Avenida 5 de Mayo se llenó de humo, ruido estruendoso y más gritos. Las policías que resguardaban la protesta sólo se movían para apagar el fuego de las puertas de comercios y edificios.

Y las de negro avanzaban con paso firme, entre la multitud que se abría para darles espacio, un espacio que por años han exigido.

Las mujeres más grandes se oponía e intentaban gritar: «¡Así no!», pero ese grito se ahogaba rápido ante: «¡Somos malas, podemos ser peores!».

Eran guerreras con la cara pintada, soldadas armadas de la lucha feminista. No había quin las enfrentara.

«Estamos hartas y estamos enojadas. Nos están matando y les importa más sus monumentos», dijo una joven encapuchada.

Los hombres, que se acercaban para tomar una foto u observar, se ganaban insultos, empujones y uno que otro golpe. Se iban, pero en la siguiente parada regresaban.

«Quieren ser protagonista de todo. Quieren ser víctimas, como nosotras. No entienden», le dice una joven a otra.

Pero las protagonistas eran ellas. Destrozaron y rayaron una camioneta de bomberos sin que ningún policía las detuviera, porque todas las demás les aplaudieron con una sonrisa en la cara.

Las agentes de la Secretaría de Seguridad Ciudadana (SSC) sólo observaban desde una esquina, las esperaron, hasta que las jóvenes se retiraron para encaminarse al Zócalo.

Allí volvieron a demostrar su poderío y tumbaron el cerco que cubría el escenario, que un día antes se instaló para un concierto organizado por el Gobierno capitalino.

Como pudieron, escalaron la estructura y ayudaron a otras mujeres a subir. Ya arriba, proclamaron el lugar como suyo. Con humo morado y una manta que decía «Lucho hoy para no morir mañana».

Mientras, madres de víctimas de feminicidio exigían justicia arriba de un templete, ubicado frente a Palacio Nacional. Las 18:00 horas y los contingentes seguían llegando.

De repente, tres estallidos cimbraron la plaza y alertaron a las manifestantes, quienes intentaron correr. Sin embargo, las madres que se encontraban dando un discurso, calmaron a la multitud.

«Son hombres los que están arrojando las bombas. Están seguras aquí.

«Infiltrados, infiltrados», decían.

Las explosiones se originaron en la puerta del Palacio Nacional, allí, las mujeres encapuchadas ya se encontraban congregadas y forcejeaban con policías que resguardaban la entrada.

«Escúchame, tú también eres mujer y has sido violentada. Tu hija podría ser la siguiente», le decía una joven a una policía, pero de inmediato el humo de un extintor la replegó.

En un costado del Zócalo, una fogata enorme atraía a las manifestantes, que comenzaron a bailar alrededor.

«Somos brujas y lo vamos a quemar todo», se escuchaba.

La noche cayó y lo único que se lograba ver era el fuego, que poco a poco se extinguió, así como la marea morada de mujeres.

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